2.- Geografía de las drogas
Las drogas, ninguna novedad en el mundo. Son tan antiguas como el hombre. El hombre comenzó a drogarse desde las civilizaciones más oscuras y elementales. Como estimulante en el trabajo y remedio en la enfermedad, como placentero pasatiempo o extraño rito religioso.
Los hindúes bebían soma; los incas, moka; los aztecas usaban la mariguana y el peyote; los asiáticos, la morfina y el opio; los egipcios cultivaban la adormidera.
A las drogas acudían los varones maduros; acaso los viejos, los que tenían una vida hecha o desecha. Era un exclusivo vicio de adultos, un vicio masculino.
En el siglo XIX, el proletariado británico utilizó el éter con sobrada frecuencia, también en este siglo los intelectuales o intelectualoides occidentales descubrieron en él virtudes aristocráticas. Es bien conocida la influencia de Baudelaire en sus libros “Los paraísos artificiales”, el “Poema del Hachís” (el hachís es la resina del cáñamo, que se utiliza en la India en numerosas ceremonias religiosas), y la traducción de “El comedor del opio”, de Thomas de Quinsey.
Al principio de este siglo, se drogaban algunos artistas y escritores bohemios con pretextos de inspiración, algunos hampones graduados en la alta escuela de todos los vicios, algunos soldados rasos para matar el aburrimiento de su vida de cuartel. Y lo hacían en buhardillas misteriosas, círculos cerrados, escondites para iniciados que conocían la clave y la contraseña.
De pronto. De pronto la droga irrumpió atropelladamente sin distinciones los tabúes y los recatos, las naciones opulentas y las miserables, las diversas clases sociales, los distintos grupos de edad. La droga comenzó a ser reverenciada como Su Majestad la Droga. Un poco señora del mundo. Avasalladora y totalitaria. Ha pasado, sin, así de ser un capítulo de psiquiatría, a un libro de psicopatología social.
Esta es la novedad en la historia de los estuperfacientes. Ayer recluidos al secreto del pequeño grupo, hoy desbordados a plazas, hoteles, cafés, patios de escuela, playas, campos deportivos, salones elegantes. No vicio, sino afición. No antigülla de museo, sino moda flamante. No vergüenza de saberse vicioso, sino desvergüenza de proclamarlo. No asunto de minorías localizadas, sino problemas de mayorías inlocalizables. Hay 300 millones de drogadictos en el mundo
Joaquín Antonio Peñalosa


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