Testigo de mi Pueblo

Testigo de mi Pueblo

Este es un libro que escribió Vicente Girarte Martínez en el año 1996.

Lo publicamos con mucho cariño para que sea más conocido este maravilloso personaje de la poesía, que tan en alto ha puesto el nombre de su pueblo Sahuayo, a pesar de sus múltiples ocupaciones como sacerdote se da tiempo para escribir este y muchos libros más, para deleite de todos los que los leemos.

Introducción

Veo en Vicente Girarte a una persona forjada en la disciplina.

Su dedicación al estudio y a su formación personal le ha permitido, en primer lugar, hacer evidente su vocación de guía espiritual. Y, en seguida, su calidad de escritor.

En el terreno de la poesía nos lleva a descubrir al ser humano expuesto al desborde de los sentimientos, a la conjunción de ansiedades, alegrías y esperanzas, dolores y tristezas que son parte de la forja de la vida.

Pero, ante todo, se advierte en él una pasión que domina a sus escritos y su conducta: el amor a su pueblo.

Yo nací

de la cepa del pueblo,

cuando la casa

era de adobe

y la tierra del piso

nos pintaba la cara.

Tal amor lo lleva a poner sus principios y su formación entera al servicio de ese pueblo, cuya acción justifica:

He venido del pueblo y para el pueblo

y quiero convertirme en su palabra,

en su voz y en su rostro

y luchar por quitarle

el cansancio perenne de la angustia

que lleva acuchillado en la mirada

Poemas sencillos, pero de gran fuerza e intensidad profunda, que lo ha llevado a obtener varios premios en el territorio nacional, pero sobre todo le han permitido acercar su voz a públicos diversos, a jirones de ese pueblo único y preciso que conforma a la nación.

Luis Manuel Rodríguez

Testigo de mi pueblo

Poesía

Ve empuñando la voz

para que hablen de ti

los que llevan atada la palabra

I

La calle

viene arriando sus piedras

para cruzar el pueblo.

A cada puerta

le roba los suspiros a los cantos

la angustia de un sollozo

y, por qué no,

el poema de un beso

que ha salido leerle sus estrofas

al oído del viento

y éste, que es pirata, se lo lleva.

La he visto cómo goza

queriendo acariciarles

el muslo a las muchachas,

recoger sus rincones

para estar al acecho

de todas las parejas

que entrelazan sus cuerpos

y dicen que la noche,

cuando se pone el velo más oscuro,

es más clara para ellos.

También la he contemplado

haciendo carambola con el eco

cuando pasa la bando o el mariachi

llevando serenata

o acompañando el duelo.

Por eso,

a esta calle mía,

la voy martirizando

con mi paso y mi sombra cuando puedo

para sentir el pulso de sus piedras,

conocer las historias que recoge

y encuaderna en el polvo

que levantara el viento,

porque son las historias

y el pulso de mi pueblo.

II

Yo nací

de la cepa del pueblo;

cuando la casa era de adobe

y la tierra del piso

nos pintaba la cara.

Cuando la calle

amplia

como ese corazón

abierto de mis gentes

caminaba empedrada.

No deserté a la vida

cuando mi nombre

se convirtió en palabra.

Quizá fuera en los ojos de mis padres

como la sal gozosa

que también llevan

las lágrimas.

Mis venas no traían

la canción orgullosa de los títulos,

ni la historia ficticia de una estirpe

donde es envidia

el río seco

donde sólo navega la nostalgia.

He venido del pueblo y para el pueblo

y quiero convertirme en su palabra,

en su voz y en su rostro

y luchar por quitarle

el cansancio perenne de la angustia

que lleva acuchillado en la mirada.

III

Voy a impedirle al musgo

acostarse en mi cuerpo

y no quiero donar

para su riego,

ni un pedazo de lágrima.

Estás buscando

que cabalgue a mi espalda la condena

de tu falso evangelio

y llagarme la carne con tu látigo

de guardián de los templos.

Mi voz

no la ahogará el silencio

porque nace en el yunque de la vida

cuando los días amargos

empuñan su martillo

y me golpean el pecho.

Me hicieron sembrador

en el ejido amplio de mi pueblo

y aunque mueran los años

y los días

me aguadañen el tiempo

y se estrelle en mi cara

la hipócrita sonrisa del saludo,

en el surco del hombre

seguiré de testigo

sin rencor y sin miedo.

P R E S E N T A C I Ó N

De primera intención, me puse a leer el poemario Los pasos del dolor que, con alguna finalidad precisa, escribiera Vicente en estos días en que su fecundidad literaria está en su apogeo. No puedo negar mi gusto por la lectura de estos poemas llenos de vivencias cotidianas del hombre. Indudablemente se advierte en ellos un paralelismo místico de la imagen y el sufrimiento de Cristo con este hombre de nuestros días, el hombre que deambula por las calles, el que vive la hora del trabajo, el más cercano al sueño del descanso, el que va de la mano con la muerte, el que sale al encuentro de los días y sabe que le falta el sonido a su palabra; que la angustia y la soledad son hermanas gemelas de sus ojos; que el tierno amanecer de la sonrisa ha sido conquistado por la droga y el sexo en los adolescentes.

Sus figuras audaces y profundas golpean el pecho con la fuerza de todos los dolores:

Llevo al hombro los brazos que me obligan

a que doble la espalda,

porque no se me llenen las pupilas

de querer nuevos pasos,

de plantarme otra cara.

Y van surgiendo, con la sangre de la propia herida, las palabras cargadas de ignominia, desesperación, ruego, lástima, entrega y negación humanas.

En su forma encontramos la musicalidad propia de los poemas humanos que dictan las palabras, así como los calendarios van desgranando el tiempo, sin el cuidado de los artificios, sin el pulimento de los doctores del lenguaje; aquí están los giros que dicta el corazón y fecunda la conciencia, aquí está la imagen del hombre frente al mundo:

Cómo duele estar solo

a mitad del camino.

Allá hubo un Cirineo.

¡Yo no encuentro un amigo!

Catorce tramos de la vida, como catorce imágenes en el martirio y muerte de Cristo, integran la estructura de este nuevo viacrucis que nace como el doloroso amanecer de los inviernos, reacio para el gozo y fecundo al dolor… hasta encontrar por la rendijas de las puertas que han cerrado al mundo, un cabello de luz y de esperanza, que lo sublima en esta dimensión de las ideas más altas:

Desgarremos la red de las palabras

y volvamos al mar,

donde el sol de la tarde

destruye la raíz de la amenaza

y Aquél que nos hiciera a la belleza

ha de pulir de nuevo nuestra barca.


Íntimo, audaz, atrevido, profundo, sencillo y humano encuentro este trabajo, propio para quienes gozamos de la lectura, sin la máscara frágil de las trivialidades, sino con la sinceridad de quien siempre comparte y vive este viacrucis cotidiano del hombre

Luis Girarte

2

Los pasos del dolor

“En verdad les digo que cuando

lo hicieron con alguno de estos

mis hermanos más pequeños, lo

hicieron conmigo”. Mt. 25,40.

Como los pájaros

no somos para el nido

jugamos con el cielo

al crecernos las plumas.

La condena

He sido condenado por hablar,

por ese abrir la boca a las verdades.

No puede mi garganta

con el lazo cobarde del silencio,

ni logro que mis manos

se me cuelguen inútiles

ante las flores rojas

que obligan a que siembren las arterias.

He visto degollar

la fuerza de la noche

con la ardiente calumnia

que se espada en mi pecho.

Y sólo porque quiero

beber la libertad

y quitar de tu rostro

la tormenta del miedo.

¡Pero no me acobardo!

Porque me bebo el sol con la alegría

de vivir como el pino

con los brazos abiertos.

Y si yo me callara

si mis manos vivieran la impotencia,

la flor de las espinas

haría gritar mis huesos.

La condena

He sido condenado por hablar,

por ese abrir la boca a las verdades.

No puede mi garganta

con el lazo cobarde del silencio,

ni logro que mis manos

se me cuelguen inútiles

ante las flores rojas

que obligan a que siembren las arterias.

He visto degollar

la fuerza de la noche

con la ardiente calumnia

que se espada en mi pecho.

Y sólo porque quiero

beber la libertad

y quitar de tu rostro

la tormenta del miedo.

¡Pero no me acobardo!

Porque me bebo el sol con la alegría

de vivir como el pino

con los brazos abiertos.

Y si yo me callara

si mis manos vivieran la impotencia,

la flor de las espinas

haría gritar mis huesos.

La carga de los días

Cómo pesa el madero de los días

cuando la piel extraña

nos lo impone;

cuando nos acerrojan la garganta

para matar el aire

donde los pensamientos

nacen a la palabra.

Llevo al hombro los brazos que me obligan

a que doble la espalda,

porque no se me llenen las pupilas

de querer nuevos pasos,

de plantarme otra cara.

Pero al verte que abrazas

el beso de los árboles en cruz,

maduran las agujas de mi sangre,

y me crecen las alas.

Podré llevar el peso

de todas esas noches

que en lugar de la estrella hacen su carga

con sabor a guijarro,

pero que yo me doble,

que mate mi garganta

¡jamás!

Voy a seguir cantando como el río

que mientras más se duele de las piedras,

más luces tiene su agua.

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