El mal del mundo
Me ha conmovido la oración de una religiosa que le reza así a Dios: “No dejes Señor, que colabore con el mal del mundo haciendo sufrir a los que me rodean. Haz que haga de puente entre tu amor y su realidad. Hazme oasis para que los demás puedan reposar un poco de su quehacer cotidiano. Hazme portador de paz. Que a pesar de mis limitaciones, mis razones, mis tensiones, puedas realizar a través de mí un río de paz que no quede en mí y vaya a los demás”.
Toda la oración es muy hermosa, pero a mí me ha impresionado especialmente su primera línea porque no es muy frecuente que seamos consientes de esa terrible realidad: “Yo puedo colaborar a la extensión del mal en el mundo”.
Y es que nos hemos acostumbrado a pensar que el mal del mundo es una cosa anónima, que está ahí y de la que nadie tuviera la culpa. El terrorismo, la violencia, el consumismo, la obsesión por el dinero, la adoración de la carne, el embotamiento de las almas, todo eso y mucho más nos parece que es algo que nosotros padecemos, pero con lo que no tuviéramos nada que ver. Decimos: ¡Qué mal va el mundo! ¡Qué pena, el tiempo que nos ha tocado vivir!”. Pero ni se nos ocurre pensar que nosotros pudiéramos ser corresponsables de ese mal que flota sobre nuestras cabezas.
Pero sucede que el mal no es hijo de padres desconocidos, ni es algo que el demonio fabrique de la nada, ni es una serie de virus que genere la sociedad, entendida así, genéricamente. El mal es hijo del hombre, de la voluntad del hombre. El mal es una suma de males fabricados por una suma de seres humanos. Somos los hombres los que hemos inventado y creado el hambre del mundo. Son hermanos nuestros los que asesinan. Son hombres como nosotros quienes respiran el clima de violencia en el que todos colaboramos y ha echado su mayor o menor paletada. Es el hombre quien ha envenenado la naturaleza con sus gases tóxicos. El dinero no es un becerro de oro surgido de las minas, sino un veneno consumido a diario, y a diario adorado por cada uno de nosotros.
Sí, los hombres, o sea cada uno de nosotros, somos los autores, fabricantes, constructores, sostenedores del mal del mundo. Nace gracias a nosotros, por nosotros vive, de nosotros se alimenta; cada uno de nosotros puede contribuir a su aumento a poco que descuide el egoísmo de su corazón. Soñamos con hacer el bien y no sería ya poco que comenzáramos por no aumentar el mal.
Entiendo que esa religiosa pida a Dios que le ayude a no hacer sufrir a los que la rodean. ¿Porque, quién no ha hecho sufrir? ¿Quién no hace sufrir a alguien? Sí, son nuestras cóleras, nuestras intemperancias, nuestras “geniadas” (eso que disculpamos diciendo: “Yo soy así”) las que engendran la gran violencia del mundo, el clima arisco que respiramos y que nosotros mismos hemos alimentado.
Ya sé que un hombre no debe vivir obsesionado por el mal. No hay siquiera, que pensar en el mal más de lo justo. Pero no debemos ser tan ingenuos como para olvidar que el mal puede ser en parte hijo nuestro.
J.L. Martín Descalzo
¿Te gustan estos artículos?, Suscríbete a la Revista “Redención”, sólo cuesta $80.00 al año y ayudas a las Misioneras Eucarísticas de la Sma. Trinidad, A.R.
Av. San Bernardo 256 – San Jerónimo Lídice.
México, D.F. 10200
*Depósito en BBVA Bancomer Cta. No. 446717004
*Giro Postal: Oficina Pagadora No 85
Ambos documentos a nombre: Misioneras de la Sma. Trinidad.
Envía tu copia de depósito y:
NOMBRE_________________
Domicilio ___________________
Ciudad y C.P. ________________
Tel. _____________________
Si quieres que te manden la revista a Canadá, USA, Centro América, $20.00 Dólares.
Europa o Asia $25.00 Dólares
Por favor no mande Giro Telegráfico.


No hay comentarios en El mal del mundo