“Amar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura”

“Amar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura”, es una invitación que nos hace el Papa Benedicto XVI, al presentarnos la figura de san Jerónimo.

POR QUÉ AMAR LA PALABRA DE DIOS

¿Por qué amar la Palabra de Dios?, es una pregunta sencilla, y la respuesta es igual de simple, Las Sagradas Escrituras, es la Palabra de Dios, es el mensaje de Dios al hombre, es decir está dirigida a toda persona. ¿Para qué? Para que a través de esta Palabra, el hombre conozca íntimamente y personalmente a su Padre del Cielo, que es nuestro Dios, a fin de que encuentre a Jesucristo Nuestro Señor, y de este modo viva para Dios y no para sí mismo.

COMO ENTENDER LA PALABRA

Pero la Palabra de Dios, no puede ser entendida a través de conceptos imaginativos, ni ideológicos, ni por simple filosofía. Tampoco puede uno quedarse con la Palabra de Dios, como una fuente de inspiración teológica, o como una base de datos para la catequesis, es decir, como una fuente a la cual nos acercamos de un modo intelectual, porque esto nos conduce más a especular que conocer a Dios. Y entonces, ¿Cómo debemos leer y comprender la Palabra de Dios? Debemos leerla y acogerla en la fe, además de comprenderla bajo la acción del Espíritu Santo, sabiendo que es una Palabra de Dios y que nos conduce a Dios.

ESCRUDIÑAR LA PALABRA

En algunas ocasiones, pretendemos buscar en la Palabra de Dios, la declaración de algunas ideas específicas, también la búsqueda del saber, en nuestro afán de conocer más, sin embargo lo que nos debe motivar a acercarnos más y a amar más la Palabra de Dios, debiera ser el compromiso entre Dios y nosotros. Esto es, el compromiso entre Dios que nos habla y nosotros que oímos, en otras palabras, acercamos a Dios, con el fin de establecer con Él, una alianza.

Tenemos que identificar la Palabra de Dios, como palabra de vida, a través de ella encontrar un medio de acceso a la vida de Dios, y de esta forma llegar a ser portadores de la vida de Nuestro Señor Jesucristo en nosotros.

LA PALABRA ES UNA SEMILLA

Es así, como la Palabra de Dios no es un simple libro, tampoco es una recopilación de muchos escritos, la Palabra es una semilla. Nuestro Señor Jesucristo, se encarga de explicarnos en la parábola del sembrador, como hay cuatro tipos de oyentes de la Palabra de Dios. Es así como nos explica como hay tres tipos de personas que no logaran entenderla, aunque la escuchen. A uno de ellos el Maligno se la arrebata desde el mismo corazón, a otro aunque la acepta con alegría, la inconstancia no deja que ésta fructifique, más aún ante cualquier dificultada todo lo que había recibido se le extingue, luego un tercer tipo de persona que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo material ahogan esta semilla de espiritualidad, la seducción de las riquezas la asfixian. Sin embargo, hay un tipo de persona distinta y es como la tierra fértil, escucha la Palabra y la comprende, está dispuesta y produce fruto abundante.

LA PALABRA EN LAS MANOS DE DIOS

Por medio de la Palabra, Dios lo ha creado todo. La Palabra es un instrumento, que en manos de Dios puesta sobre el mundo, transforma nuestra historia humana en historia de salvación. En esta Palabra, Dios nos llama a la existencia, a vivir, a movernos y a ser. La Palabra es nuestra gran y mejor guía, que nos invita a encontrarnos con el auto de todo lo que existe.

La Palabra se hace presente en nosotros en Jesucristo, como fuente de sabiduría, se hace vida en nosotros, y nos transforma en otro Cristo. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,1-18)

EN LA PALABRA RECIBIMOS A CRISTO

“Comemos la carne y bebemos la sangre de Cristo en el misterio de la Eucaristía y en la lectura de las Escrituras”, escribe san Jerónimo, además proclama: “Por lo que a mí respecta, creo que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo” debemos acercarnos al Evangelio como a la carne de Jesús”. Y estamos invitados a reconocer a Cristo en las Escrituras, en el Antiguo y Nuevo Testamento. Toda la Escritura, la Palabra, nos habla de Cristo y toda Escritura se ha cumplido en Él.

REFLEXIÓN DE SS BENEDICTO XVI

¿Qué podemos aprender de san Jerónimo? Sobre todo me parece lo siguiente: amar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Dice san Jerónimo: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. Poe ello es importante que todo cristiano viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios, que se nos entrega en la Sagrada Escritura. Este diálogo con ella debe tener siempre dos dimensiones: por una parte, tiene que darse un diálogo realmente personal, pues Dios habla con cada uno de nosotros a través de la Sagrada Escritura y tiene un mensaje para cada uno. No tenemos que leer la Sagrada Escritura como una palabra del pasado, sino como Palabra de Dios que se nos dirige también a nosotros y tratar de entender lo que nos quiere decir el Señor. Pero para no caer en el individualismo tenemos que tener presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para edificar comunión, para unirnos en la verdad de nuestro camino hacia Dios. Por tanto, a pesar de que siempre es una palabra personal, es también una Palabra que edifica la comunidad, que edifica a la Iglesia.

No tenemos que olvidar nunca que la Palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas vienen y se van. Lo que hoy es modernísimo, mañana será viejísimo. La Palabra de Dios, por el contrario, es Palabra de vida eterna, lleva en sí la eternidad, lo que vale para siempre. Al llevar en nosotros la Palabra de Dios, llevamos por tanto en nosotros la vida eterna.

El lugar privilegiado de la lectura y de la escucha de la Palabra de Dios es la liturgia, en la que al celebrar la Palabra y al hacer presente en el Sacramento el Cuerpo de Cristo, actualizamos la Palabra en nuestra vida y la hacemos presente entre nosotros.

LA LECTURA PERMANENTE

Y hagamos de las Escrituras, una lectura preferida, ser leídas vivamente, buscando su significado con el corazón muy abierto y en oración. La Palabra es fuerza de Dios y mensaje vivo que Él nos dirige para hoy. La Palabra leída y hecha oración, acogida con fe, entendida bajo la acción del Espíritu Santo, como Palabra que viene de Dios, nos conducirá siempre a Dios.

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