¿De qué sirve Jesús?
Cuántas veces nos hacen esta pregunta. Nos lo preguntan tanto amigos que sienten curiosidad por la fe; otros con amargo escepticismo se interrogan ¿De qué sirve Jesús? A menudo agobiados por la prueba, el dolor o el desconcierto, lo preguntan. También nosotros cuando en el trabajo o en los quehaceres cotidianos se no exige dar la talla y nos sentimos medidos por el resultado, nos atrevemos a decir: ¿De qué sirve Jesús?
Es la misma interrogante que latía en la silenciosa turbación de sus amigos en el camino de Emaús. “Nosotros esperábamos que Él fuera el libertador de Israel…” e incluso los que creen en Él y le siguen pueden llegar a pensar que en realidad Jesús no sirve para vivir.
Ciertamente el Jesús abstracto, reducido a profeta de un socialismo utópico jamás realizado o propulsor de una bondad trivial, no sirve para nada. Puede servir, quizá, para los debates, las polémicas periodísticas, o para mantener un signo para identificarse. Pero no basta para satisfacer la inquietud que caracteriza hoy a los jóvenes, a la enseñanza, a las familias y al ámbito social, económico y político.
Entonces uno tiene la tentación de ocuparse tan solo de su autoestima, pronto a quejarse por cualquier cosa que se interponga al cumplimiento de sus intereses o deseos. Como si lo que verdaderamente vale, lo que sirve para vivir, fuese tener dinero, una cierta autonomía y una buena dosis de suerte; y para el que no las tiene, un poco de paciencia.
Pero inesperadamente puede sorprendernos un testimonio. El de un hombre cuya vida no coincide con nada de lo que “sirve”; su alegría no está en el dinero, en el éxito, en el grado de autonomía alcanzada, sino en decir: “Señor Jesús, tú eres mi Señor”. El Papa es un hombre así. Uno de esos hombres que te testimonian que Jesús sirve para la vida. Su último libro cuenta lo que ha descubierto sobre Jesús de Nazaret, para tratar de mostrar quien es Él. Escribe: ¿Qué ha traído en verdad Jesús? Si no trajo la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo distinto, ¿qué es lo que trajo? La respuesta es muy sencilla: A Dios. Trajo a Dios, ahora nosotros conocemos su Rostro, ahora conocemos el camino que, como hombres, debemos tomar en este mundo. Jesús ha traído a Dios y con Él la verdad de nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor. Sólo nuestra dureza de corazón nos hace pensar que esto es poco.
La dureza de corazón es el verdadero enemigo que puede inducirnos a pensar que Jesús es “inútil”. Pero, gracias a Dios, estamos rodeados de hombres santos, que no tienen el corazón endurecido y que en el nombre de Jesús, con obras manifiestas o escondidas, con grandes o pequeños gestos, contribuyen a que la vida sea más humana, hombres que dan a Dios lo que es de Dios, es decir que le reconocen como el sentido último de todo lo que viven.
Cada día podemos mirar esos rostros y ver así Su verdadero rostro, y eso es lo que derrota la dureza de nuestro corazón, pues ninguna resistencia puede vencerse sola. Necesitamos que otro nos salga al encuentro y nos abrace, se haga compañero de camino, como les sucedió a los discípulos de Emaús, que volvieron a casa rescatados de su escepticismo.


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