Publicado por: Jesal · febrero 21st, 2010 Categoría: Camino de la vida
Vicente Girarte Martínez
I
Siempre que nace un niño,
se le aplaude a la vida;
y para la esperanza un fuerte grito
con el que las cobijas se tapizan
de augurios
que van amontonando parabienes,
y hasta personalizan la bonanza
de no pocos destinos.
Aquella piel
nueva y tierna,
ha hecho que la vida abra
y de comienzo a escribir
la nueva página
de un nuevo libro.
Son muchos,
familiares y amigos,
que le irán marcando semejanzas;
y querrán acoplarlo
a varios parecidos.
No entienden que el vivir de cada hombre,
siempre querrá
llevar a cuestas
su personal destino,
cuando truene en su pecho
adolescente río
hecho de interrogantes,
de dudas
y sinsabores,
de sueños y de ritos
muy personales y distintos.
Cuando va tensando la ballesta
que lleva en las entrañas y los nervios,
y con toda la fuerza juvenil
de todas las crecientes marejadas,
que a veces ocasiona cataclismos,
se debe aconsejar
pero siempre dejando que él escoja
el ritmo abrujulado
de sus propios caminos.
Sólo el que acepta
por siempre ser él mismo,
cortando los amarres a su barca
para ir mar adentro,
cargado de rocío
que despierta en su pecho
y que lleva en su mente
de su pensar más íntimo,
sin imitar a nadie
y puliéndole al hacha de sus días
el filo,
para cortar de tajo
la roca carcomida
de convencionalismos;
entonces,
comienza a valorarse y a quererse
por sí mismo;
sin darle ningún sorbo
a esas copas,
que van llenas tan sólo de egoísmos.
No cierra a sus ventanas los postigos
machacando sus quicios.
Tiene abiertas sus venas,
sus nervios,
sus huesos,
para todo el que quiera
recibir su cariño.
Y sin los eslabones de cadenas,
sin los nudos que ahorquen
porque son corredizos,
porque así dicen muchos que ellos aman
cuando a su compañero o compañera
lo dejan libre
y que realice
sus propios pasos
y sus caminos.
¡Sólo así se levanta el estandarte
que nos haga gritar:
Estoy y estamos vivos!
II
Ayer fui contemplando una pareja
de la tercera edad,
bajo la sombra añosa de un árbol que el destino
aún mantiene en pie.
Y la pareja,
parecía haber comido
sus años.
Estaban muy contentos,
sonrientes;
y en sus ojos
se reclinaba el brillo
que sólo va habitando ahí en rostros
de todo adolescente enamorado,
cubierto de amapolas de cariño.
Se tocaban las manos
con timidez:
parecía que en ellas
estuvieran crepúsculos
y amaneceres,
tapizados del más fresco rocío.
No tenían tiempo
para ver el tiempo.
Ninguno quiso
comprarse algún reloj;
no querían ser esclavos
ni de las manecillas.
Decían que la vida,
siempre era como un libro
para abrirse tranquilo
en cualquier página
y darle vuelta a la hoja
cuando no les gustara
lo escrito.
Ellos vivían su vida.
Siempre con paso firme,
en cualquiera que fuera su camino.
No temían las borrascas
y nos les asustaba
la fuerza de ciclones,
ya nunca se daban por vencidos.
Sabían que la existencia
tiene muchos anzuelos
sin que haya ningún filo
suficiente a cortarlos.
Nunca estaban en su boca algún suspiro,
más bien una sonrisa
y un mirar hacia el frente
para vivir
las huellas nuevas
de cada día.
Jamás necesitaron
tener testigos
de sus caminos.
Sólo admitían ser ellos
quien deletree sus pasos
o desanden caminos.
Si así fuéremos todos,
sería el mundo distinto;
y a los días más oscuros,
a las nubes más negras
y al trago más amargo,
seguro que le hallábamos destino
y buen destino.
III
Y salió el campesino
con su morral al hombro
tan solo llenos de esperanzas;
porque aquel hitacate estaba flojo,
con tortillas de ayer en la mañana
pero llevaban
saludo de frijoles
y con el chile de árbol sin peligro
que reclamara el agua;
como el cause del río
cuando lo agrieta la sed
al estarle faltando
la frescura del líquido.
Pero no iba solo.
Lo iba acompañando una canción
que le saliera al filo
de sus gastados labios,
cansados de gritar:
¡Trabajo!
y por el desamparo que llevaba
con el insomnio:
¡Silbido
molesto,
por no lograr
un jornal!
Sentido
como un auténtico
conciliador
de su nocturno
descanso.
Pero aquella canción,
era una vitamina
que hacía que dieran brinco
bien preñados de fuerzas,
sus nervios.
No iban cabizbajo:
Alta la frente,
atisbando el camino.
En esto se parece a sus vecinos.
En especial admira a la Panchita
y siempre la saluda
con esa canción.
Y ella, va dejando la mano del metate…
Lanza una carcajada con su boca
aventajada
pues la edad
ya le ha robado
casi todos sus dientes.
¡pero no los colmillos!
que la mantienen pícara,
y moviendo el nixtamal
continua la canción de “La Panchita”.
Su círculo es muy grande de amigos,
que son trabajadores como él,
y como él,
ansiosos de trabajo.
De vez en cuando
han logrado escarbarlo,
pues el tiempo es canijo.
Hoy,
al volver a su casa,
viene cansado;
con lodo que le sale por los ojos
y el nervio encallecido.
Pero en el rostro,
trae una amiga
hecha de gozo y triunfo;
pues sí encontró trabajo,
y el viento
que corre frío,
no siente que lo vaya apuñalando.
Trae el calor muy íntimo
por sueldo que cobró,
y también el morral
llega gozoso
porque viene cargado de semilla
con lo que va a quitarle a sus hijos,
del hambre
y la cruel resequedad,
y él apartará de sus oídos,
la quejosa amargura de sus niños.
Ahora sí esta noche,
se quitará la intriga del insomnio
y dormirá tranquilo.
IV
Los hombres no nacimos
para ser como islas,
sin barca,
sin puentes ni caminos,
sin que los lleven ríos
a lograr el encuentro
del rostro del hermano
para tener ahí la convivencia,
y estar viviendo unidos
a todos los demás,
para gritar con todos:
¡Estamos vivos!
Hay tantos que parecen
vivir sobre una silla hospitalaria;
son huérfanos de manos
que los empujen
a encontrar un destino.
Y no es que no haya brazos ni los nervios
que quisieran sacarlos
de estar viviendo
en ese abismo,
pues no sabe a otra cosa
ese vivir
atormentado
con ese inmovilismo.
Todo hombre
lleva dentro del pecho
ese propio motor de su destino,
y que le quite el miedo
de enfrentar los peligros,
de beberse la sal
que brota de sus ojos
y la va convirtiendo en la sonrisa
donde están los placeres infinitos.
En verdad que nacimos
del fondo de los mares.
El Supremo Hacedor,
con su sabiduría
y sapiensa
se fue escogiendo
el más fino limo;
y de ese limo,
venimos todos,
todos somos sus hijos.
De ahí nos hizo el rostro,
los nervios,
los huesos,
la carne alimentada
con un precioso líquido:
Esa es la sangre,
que llena de las venas los caminos.
Todos somos hermanos,
pues todos somos hijos.
Y muy dentro del pecho, el Creador,
nos ha plantado un banco riquísimo
que debemos usar continuamente
y aumentar cada día
nuestras chequeras
de sentimientos
que aumentan la alegría
de marchar conviviendo
con los pasos unidos
a todos esos pasos del camino.
Ese banco se llama corazón,
y con cada latido,
puede matar
la rigidez
de ir viviendo triste y deprimido;
y no ir caminando como sombra
que no tiene figura
y no cuenta en las hojas de su agenda,
el nombre
de todos lo que pueden ser amigos.
Ve abriendo las puertas de tu pecho
y deja que se te entren
todos los conocidos.
Vive como los pinos,
que a pesar de su tronco
añoso,
gigantesco,
nunca se queda estático
pues la pasa danzando con el viento,
mientras dice:
¡Siempre amusicalizo
a mi guinumo
porque vaya alegrando
a esos otros pinos
y que lo están
apuntalando
en toda la pinera.
Y te invito a que aprendas
también de otros árboles,
por ejemplo el encino;
a pesar que las manos
se viven empuñando
de las hachas el filo,
para ir desgajándole las ramas,
él nos sigue ofreciendo
sus tapetes de sombra que tendidos
sobre la hierba
nos ofrezcan un rato de descanso.
¡Hombre!
Abre tus ojos
y también tus oídos
hacia los cuatro puntos cardinales,
tú que debes llevar
el vivir compartido;
y escucharás a la naturaleza
que te lanza su grito,
y te llena de ejemplos
como compartir todo:
desde aquella sequía,
hasta las lágrimas
del cielo que nos dice:
yo con esto mitigo
el calor infinito.
Por fin,
examina los nidos
donde los pajarillos
aún pequeños,
van descalzos de plumas y sus padres
buscan por todas partes alimentos
para luego traérselos al pico.
¡Hombre!
Te pido que abras
del alma tus ventanas
hasta a los más desconocidos,
hermanos con un Padre
e hijos con el Hijo.
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