CAMINO DE LA VIDA

Vicente Girarte Martínez

I

Siempre que nace un niño,

se le aplaude a la vida;

y para la esperanza un fuerte grito

con el que las cobijas se tapizan

de augurios

que van amontonando parabienes,

y hasta personalizan la bonanza

de no pocos destinos.

Aquella piel

nueva y tierna,

ha hecho que la vida abra

y de comienzo a escribir

la nueva página

de un nuevo libro.

Son muchos,

familiares y amigos,

que le irán marcando semejanzas;

y querrán acoplarlo

a varios parecidos.

No entienden que el vivir de cada hombre,

siempre querrá

llevar a cuestas

su personal destino,

cuando truene en su pecho

adolescente río

hecho de interrogantes,

de dudas

y sinsabores,

de sueños y de ritos

muy personales y distintos.

Cuando va tensando la ballesta

que lleva en las entrañas y los nervios,

y con toda la fuerza juvenil

de todas las crecientes marejadas,

que a veces ocasiona cataclismos,

se debe aconsejar

pero siempre dejando que él escoja

el ritmo abrujulado

de sus propios caminos.

Sólo el que acepta

por siempre ser él mismo,

cortando los amarres a su barca

para ir mar adentro,

cargado de rocío

que despierta en su pecho

y que lleva en su mente

de su pensar más íntimo,

sin imitar a nadie

y puliéndole al hacha de sus días

el filo,

para cortar de tajo

la roca carcomida

de convencionalismos;

entonces,

comienza a valorarse y a quererse

por sí mismo;

sin darle ningún sorbo

a esas copas,

que van llenas tan sólo de egoísmos.

No cierra a sus ventanas los postigos

machacando sus quicios.

Tiene abiertas sus venas,

sus nervios,

sus huesos,

para todo el que quiera

recibir su cariño.

Y sin los eslabones de cadenas,

sin los nudos que ahorquen

porque son corredizos,

porque así dicen muchos que ellos aman

cuando a su compañero o compañera

lo dejan libre

y que realice

sus propios pasos

y sus caminos.

¡Sólo así se levanta el estandarte

que nos haga gritar:

Estoy y estamos vivos!

II

Ayer fui contemplando una pareja

de la tercera edad,

bajo la sombra añosa de un árbol que el destino

aún mantiene en pie.

Y la pareja,

parecía haber comido

sus años.

Estaban muy contentos,

sonrientes;

y en sus ojos

se reclinaba el brillo

que sólo va habitando ahí en rostros

de todo adolescente enamorado,

cubierto de amapolas de cariño.

Se tocaban las manos

con timidez:

parecía que en ellas

estuvieran crepúsculos

y amaneceres,

tapizados del más fresco rocío.

No tenían tiempo

para ver el tiempo.

Ninguno quiso

comprarse algún reloj;

no querían ser esclavos

ni de las manecillas.

Decían que la vida,

siempre era como un libro

para abrirse tranquilo

en cualquier página

y darle vuelta a la hoja

cuando no les gustara

lo escrito.

Ellos vivían su vida.

Siempre con paso firme,

en cualquiera que fuera su camino.

No temían las borrascas

y nos les asustaba

la fuerza de ciclones,

ya nunca se daban por vencidos.

Sabían que la existencia

tiene muchos anzuelos

sin que haya ningún filo

suficiente a cortarlos.

Nunca estaban en su boca algún suspiro,

más bien una sonrisa

y un mirar hacia el frente

para vivir

las huellas nuevas

de cada día.

Jamás necesitaron

tener testigos

de sus caminos.

Sólo admitían ser ellos

quien deletree sus pasos

o desanden caminos.

Si así fuéremos todos,

sería el mundo distinto;

y a los días más oscuros,

a las nubes más negras

y al trago más amargo,

seguro que le hallábamos destino

y buen destino.

III

Y salió el campesino

con su morral al hombro

tan solo llenos de esperanzas;

porque aquel hitacate estaba flojo,

con tortillas de ayer en la mañana

pero llevaban

saludo de frijoles

y con el chile de árbol sin peligro

que reclamara el agua;

como el cause del río

cuando lo agrieta la sed

al estarle faltando

la frescura del líquido.

Pero no iba solo.

Lo iba acompañando una canción

que le saliera al filo

de sus gastados labios,

cansados de gritar:

¡Trabajo!

y por el desamparo que llevaba

con el insomnio:

¡Silbido

molesto,

por no lograr

un jornal!

Sentido

como un auténtico

conciliador

de su nocturno

descanso.

Pero aquella canción,

era una vitamina

que hacía que dieran brinco

bien preñados de fuerzas,

sus nervios.

No iban cabizbajo:

Alta la frente,

atisbando el camino.

En esto se parece a sus vecinos.

En especial admira a la Panchita

y siempre la saluda

con esa canción.

Y ella, va dejando la mano del metate…

Lanza una carcajada con su boca

aventajada

pues la edad

ya le ha robado

casi todos sus dientes.

¡pero no los colmillos!

que la mantienen pícara,

y moviendo el nixtamal

continua la canción de “La Panchita”.

Su círculo es muy grande de amigos,

que son trabajadores como él,

y como él,

ansiosos de trabajo.

De vez en cuando

han logrado escarbarlo,

pues el tiempo es canijo.

Hoy,

al volver a su casa,

viene cansado;

con lodo que le sale por los ojos

y el nervio encallecido.

Pero en el rostro,

trae una amiga

hecha de gozo y triunfo;

pues sí encontró trabajo,

y el viento

que corre frío,

no siente que lo vaya apuñalando.

Trae el calor muy íntimo

por sueldo que cobró,

y también el morral

llega gozoso

porque viene cargado de semilla

con lo que va a quitarle a sus hijos,

del hambre

y la cruel resequedad,

y él apartará de sus oídos,

la quejosa amargura de sus niños.

Ahora sí esta noche,

se quitará la intriga del insomnio

y dormirá tranquilo.

IV

Los hombres no nacimos

para ser como islas,

sin barca,

sin puentes ni caminos,

sin que los lleven ríos

a lograr el encuentro

del rostro del hermano

para tener ahí la convivencia,

y estar viviendo unidos

a todos los demás,

para gritar con todos:

¡Estamos vivos!

Hay tantos que parecen

vivir sobre una silla hospitalaria;

son huérfanos de manos

que los empujen

a encontrar un destino.

Y no es que no haya brazos ni los nervios

que quisieran sacarlos

de estar viviendo

en ese abismo,

pues no sabe a otra cosa

ese vivir

atormentado

con ese inmovilismo.

Todo hombre

lleva dentro del pecho

ese propio motor de su destino,

y que le quite el miedo

de enfrentar los peligros,

de beberse la sal

que brota de sus ojos

y la va convirtiendo en la sonrisa

donde están los placeres infinitos.

En verdad que nacimos

del fondo de los mares.

El Supremo Hacedor,

con su sabiduría

y sapiensa

se fue escogiendo

el más fino limo;

y de ese limo,

venimos todos,

todos somos sus hijos.

De ahí nos hizo el rostro,

los nervios,

los huesos,

la carne alimentada

con un precioso líquido:

Esa es la sangre,

que llena de las venas los caminos.

Todos somos hermanos,

pues todos somos hijos.

Y muy dentro del pecho, el Creador,

nos ha plantado un banco riquísimo

que debemos usar continuamente

y aumentar cada día

nuestras chequeras

de sentimientos

que aumentan la alegría

de marchar conviviendo

con los pasos unidos

a todos esos pasos del camino.

Ese banco se llama corazón,

y con cada latido,

puede matar

la rigidez

de ir viviendo triste y deprimido;

y no ir caminando como sombra

que no tiene figura

y no cuenta en las hojas de su agenda,

el nombre

de todos lo que pueden ser amigos.

Ve abriendo las puertas de tu pecho

y deja que se te entren

todos los conocidos.

Vive como los pinos,

que a pesar de su tronco

añoso,

gigantesco,

nunca se queda estático

pues la pasa danzando con el viento,

mientras dice:

¡Siempre amusicalizo

a mi guinumo

porque vaya alegrando

a esos otros pinos

y que lo están

apuntalando

en toda la pinera.

Y te invito a que aprendas

también de otros árboles,

por ejemplo el encino;

a pesar que las manos

se viven empuñando

de las hachas el filo,

para ir desgajándole  las ramas,

él nos sigue ofreciendo

sus tapetes de sombra que tendidos

sobre la hierba

nos ofrezcan un rato de descanso.

¡Hombre!

Abre tus ojos

y también tus oídos

hacia los cuatro puntos cardinales,

tú que debes llevar

el vivir compartido;

y escucharás a la naturaleza

que te lanza su grito,

y te llena de ejemplos

como compartir todo:

desde aquella sequía,

hasta las lágrimas

del cielo que nos dice:

yo con esto mitigo

el calor infinito.

Por fin,

examina los nidos

donde los pajarillos

aún pequeños,

van descalzos de plumas y sus padres

buscan por todas partes alimentos

para luego traérselos al pico.

¡Hombre!

Te pido que abras

del alma tus ventanas

hasta a los más desconocidos,

hermanos con un Padre

e hijos con el Hijo.

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