Esbozo de historia de una institución trascendental

47.- Refugiados en la ciudad de México

Jorge Moreno Mendoza

Archivo Diocesano

Tomado del Suplemento cultural de Guía septiembre 12 2010

Se complican las cosas.

El 19 de marzo de 1926, a los 11 días de haberse cerrado el Seminario de Zamora, se publicaba la Ley de Limitación del número de sacerdotes en cada zona distrital, dificultando con eso aún más la labor de la Iglesia, pues, sin Seminarios y con un número reducido de Sacerdotes, su futuro era muy incierto. El Señor Obispo Fulcheri, al principios del mes de abril, pidió a todos los fieles de la Diócesis oraciones y rogativas para que esta Ley fuese derogada y, juntamente Con el cabildo de Catedral, con el clero de la ciudad y con varios Vicarios Foráneos, representantes de otros muchos Sacerdotes, interpuso un recurso de Amparo ante el Juez de Distrito de Morelia. Amparo que fue tajantemente negado. Ante esta negativa, el 24 de abril se suspendió el culto en todas las iglesias de la Diócesis, como protesta y presión al Gobierno, supliendo los laicos a los Sacerdotes en las iglesias, en lo que fuera posible y lícito, teniendo como resultado tal medida el que todos los templos de la Diócesis se vieran repletos de fieles. Con relación a esta suspensión de culto, en una Pastoral, el Señor Fulcheri informaba a Sacerdotes y fieles de la Diócesis: <Habiendo sido negado el Amparo que habíamos interpuesto contra la Ley relativa a la limitación del número de Sacerdotes… hemos resuelto suspender… el culto> Y recomendaba: < Que guardéis una actitud absolutamente pacífica, sin dejar de emplear, dentro de esta forma, todos los medios que estén a vuestro alcance, hasta llegar a conseguir una completa libertad religiosa>.

Y, ese mismo mes de abril, en un Instructivo particular a los Sacerdotes les decía: …si se les exigiere el cumplimiento de la Ley, se abstendrán de ejercer el ministerio en público, dejando abiertos los templos y procurando quedarse al frente de ellos; si esto no fuera posible, procurarán que queden en posesión de los fieles, los cuales exigirán estos templos para los actos de culto. Los Sacerdotes podrán ejercer en lo privado, defendiendo cuidadosamente la inviolabilidad del domicilio>. El 23 de mayo de 1926, después de una entrevista entre el Gobernador del Estado y el Arzobispo de Morelia  y habiendo sido informado al Señor Fulcheri de su resultado, éste comunicaba a sus Diocesanos: <El Arzobispo de Michoacán ha juzgado que podía admitirse el último acuerdo del Sr. Gobernador de este Estado, relativo a la Ley que limita el número de Sacerdotes. Hacemos nuestra la resolución del Metropolitano… y tenemos el consuelo de anunciar a nuestros diocesanos que queda establecido el culto en nuestra Diócesis, si bien todavía limitado.>

El Seminario busca su sobrevivencia fuera de la Diócesis

El Seminario de Zamora continuó funcionando lo que le faltaba de aquel año escolar, <a salto de mata y a las escondidas>, entre casas particulares, sustos y carreras, pero no se puedo terminar del todo dicho año, ya que fue imposible realizar los exámenes, debido a que, a fines de septiembre, se desató con furia y abierta la persecución religiosa: muchos Obispos y sacerdotes fueron desterrados, las escuelas católicas cerradas, el culto público prohibido y, con todo esto, los seminaristas, en su mayoría, tuvieron que ser mandados a sus casas, ya que fue casi imposible el mantener funcionando el Seminario. Decimos que la mayor parte de los seminaristas fueron enviados a sus casas, porque un pequeño grupo se trasladó a la ciudad de México, pues el señor Fulcheri y el Padre Plancarte decidieron continuar en la ciudad de México con aquel pequeño grupo, ya que, por el número de sus habitantes y la extensión de aquella ciudad, era más fácil que el Seminario funcionara, (cosa que también aprovechó San Rafael Guizar para trasladar su Seminario de Jalapa a la ciudad de México); además, el Seminario de aquella Arquidiócesis, que más o menos funcionaba y debido a las estrechas relaciones del Señor Fulcheri y del Padre Plancarte, así como de sus solicitudes, decidió hacerles un lugar a algunos seminaristas zamoranos. Así las cosas, a fines de 1926, el Padre José Plancarte se fue a la ciudad de México, con un grupo de seminaristas y con el Padre Antonio Guizar Carranza, como ayudante, uniéndose después otros Sacerdotes más, como Rafael Arroyo, Carlos Verduzco, y otros dos más, con el mismo fin. Se establecieron en una casa de la Barranca de Mixcoac y, una vez que fue posible y prudente, el Seminario Conciliar de México les permitió ampliar el número de seminaristas zamoranos y el Padre Plancarte a otros más de los que estaban en sus casas, como por ejemplo, a Francisco Esquivel, Luis caballero y Pablo Escoto, de Purépero, quienes en septiembre de 1927 acudieron a aquel llamado y se fueron a México.

En los Separos de la policía capitalina

Pero pronto, también el Seminario de México, que les había dado abrigo al grupo de seminaristas zamoranos, le llegó su turno de ser clausurado por el Gobierno. El Padre Esquivel, en sus Memorias, nos hace un interesante relato de aquella circunstancia y, en la imposibilidad de transcribirlo todo, me permito hacer una breve síntesis del mismo:

El 26 de enero de 1928, por órdenes de Calles, gran número de policías de la capital entraron al seminario Conciliar de México, ubicado en la calle de Regina número 111, y en una acción rápida y sirviéndose de gran número de <julias>, llevaron a los alumnos, a los maestros y al Obispo Auxiliar, Don Maximino Ruiz y Flores a la Inspección General de Policía, donde fueron encerrados en los sótanos. Como a las cinco de la tarde de ese mismo día, el General Roberto Cruz, Jefe de la Policía de la ciudad, ordenó que todos los estudiantes del seminario, así como los curas, maestros arrestados, fuesen sacados de los sótanos y llevados al patio de la Inspección para hablarles. Todos fueron colocados, de uno en uno, a unos cuantos metros del paredón donde hacía apenas unos cuantos días, el 23 de noviembre del año anterior, había sido fusilado el Padre Miguel Agustín Pro y el General Cruz comenzó a leer el discurso que llevaba escrito: < Pronto van a quedar libres. Pero todos ustedes deben abandonar esa absurda carrera que tratan de seguir…> Pero ante un claro, abierto y prolongado <UUUMMMM> de todos los seminaristas, el General se desconcertó, se enojó y se retiró, ordenando que de nuevo fuesen llevados a todos a los sótanos. Las primeras palabras de aquel discurso del General Cruz se difundieron en la ciudad e inmediatamente, muchas familias llegaron a la prisión para recoger a los seminaristas y hospedarlos en sus casas. Aquella misma noche y después de haber sido regañados por otros personajes de la Inspección por haberse comportado de aquella manera con el General Cruz, comenzó la liberación de los seminaristas, operación que duró toda la noche, pues todos y cada uno fueron llevados individualmente a varias oficinas para <asentar sus generales y darles la razón de su encarcelamiento>. También los seminaristas de Zamora fueron incluidos en aquella operación.

Son curiosos e interesantes los datos que, sobre este particular, nos dejó escritos el Padre Esquivel en sus Memorias: <… a mí me pusieron ‘por inclustración monástica’, como consta todavía en el Archivo General de la Procuraduría General de la República Mejicana, cuya copia tengo  en mi poder, firmada y sellada por un posterior Procurador. Mientras que al manso, virtuoso y santo Javier Hernández Ascencio todavía aparece en aquel Archivo con anotaciones de ‘por ser sedicioso’, por lo cual nunca pudo conseguir en la Embajada de los Estados Unidos de México la visa de residencia legal en los Estados Unidos…> Después de algunos días, casi todos los seminaristas zamoranos que estaban en México regresaron a sus casas, a esperar mejores tiempos para seguir sus estudios sacerdoteles.

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