Publicado por: administrador · diciembre 25th, 2011 Categoría: Para jóvenes
Por Alberto Barragán Degollado
Todavía se cuentan maravillas de los “Arrieros de Sahuayo”, que hace ya muchos años, con sus recuas de mulas trajinaban los caminos de herradura de aquellas épocas; y desafiando partidas de bandoleros, fatigas y enfermedades, llegaban, por Occidente, al misterioso Manzanillo, por donde nos llegaban preciosidades de porcelana, fantásticas telas de pura seda. Cajitas de música con bailarinas que danzaban al abrir sus tapas; y por el Sur, en viaje hasta Guatemala, nos traían cacao, bordados del Istmo, ropa de Mérida para la temporada de calor y oro de Oaxaca.
Partían con sus recuas de mulas cargadas con rebozos de Jiquilpan, sillas de montar de muy buena obra de talabartería, jabón de la fábrica de don Manuel Zepeda, queso de Cotija y otros productos de la región.
Y cuando volvían, después de comerciar vendiendo y comprando en los lugares y ciudades de su ruta, el pueblo se ponía de fiesta:
Las familias de quienes volvían de viaje, organizaban “El Convite”, que era una rumbosa comida en la que se obsequiaba con sabrosos platillos a todo el que por allí se acercaba. ¡Y vaya que la concurrencia era nutrida! El pueblo se agolpaba a comer, y lo hacía en grande. Los comerciantes, sin desdeñar los ricos platillos, se surtían de cacao, café, tabaco y canela; y las esposas de los acomodados terratenientes, pretendían las primicias de aquellos primores de porcelana; de las codiciadas telas de seda pura traídas desde la legendaria China y de los suntuosos cortinajes con que darían un toque palaciego a sus ventanas y a sus salas, engalanadas ya con los elegantes juegos de bejuco, importados de Australia, la tierra del Emperador Maximiliano.
Debido a la inseguridad de los caminos, se reunían para hacer sus rutas, las recuas de los Arceo, los Montes, los Gutiérrez, los García, los Yeo, y entre todos formaban un verdadero ejército de hombres intrépidos, capaz de enfrenarse a las numerosas bandas de forajidos que merodeaban en todos los caminos.
Mas no siempre salían en grandes caravanas. A veces, llevados por el deseo de buenas utilidades, trajinaban los peligrosos caminos en pequeñas partidas, como sucedió cuando Pancho “Zacualco” se fue a Colima acompañado de unos cuantos arrieros, amigos suyos, más los mozos ayudantes.
-Pancho… ¡no vayas así! Ya sabes que en esas sierras que tienes que pasar, anda ese bandolero que le dicen “El capitán”, y que no se contenta con robar, sino que mata a todos los que agarra. Ustedes nomás son once y él “tray” mucha gente.
Para ganar, hay que arriesgarse, y no creas que “es el lión como lo pintan”.
Y principió el viaje. Tenía que cruzar toda la Sierra Madre Occidental, con sus despeñaderos, sus enmarañados caminos, sus hermosos altiplanos y sus impresionantes cumbres rocosas; pero ellos conocían como a sus propias manos todos aquellos vericuetos. Habían bebido ya otras muchas veces, el aire embalsamado de sus pinares; habían sufrido en carne propia los arañazos de sus malezas y sabían todos los atajos para cortar caminos. Llevaban sus armas preparadas, los oídos alerta, y los ojos pendientes de todos los matorrales y encrucijadas… ¡No iban a ser sorprendidos!
Por las noches, procuraban hacer su campamento en lugares descubiertos y montaban cuidadosa guardia.
Y no era para menos; porque el bandolero que asaltaba por aquellos rumbos, como ya se los habían dicho, era un sanguinario criminal que se había apoderado de un uniforme militar, que vestía siempre; se hacía llamar “El capitán”, a toque de diana de un desafinado clarín que él mismo tocaba al dar las órdenes de fusilamiento.
Todo esto lo sabían nuestros paisanos; pero hombres de corazón bien puesto, no temían encontrase con los bandidos… hasta tenían ganas de que les salieran al paso para darse una caladita.
Sus deseos se cumplieron: en un descanso obligado del camino, se vieron repentinamente rodeados de enemigos y no tuvieron tiempo ni de coger sus armas. Furiosos y asustados, presenciaron cómo, aquellos facinerosos se llevaban sus mulas cargadas con sus valiosas mercaderías, mientras ellos eran fuertemente atados y echados unos sobre otros, condenados a esperar así la llegada de su hora. Habían caído en las manos del “El capitán”.
La noche había llegado. Los bandidos en derredor de una fogata, se curaban el frío de la sierra, y comentaban entre carcajadas y burlas, cómo habían seguido por varios días los pasos de los arrieros, estudiando sus costumbres y los movimientos de carga y descarga de sus animales, y cómo, en uno de esos momentos, les cayeron encima sin darles tiempo a defenderse.
Pocas veces les había ido tan bien: la carga era mucha, muy valiosa, y además, las armas de lo mejor y más fino que habían visto
Las risotadas y los comentarios llegaban hasta los prisioneros, que sobre el miedo natural a la muerte, se sentían furiosos por su fracaso, y se maldecían, impotentes para tomar la revancha. Eso era lo que más les dolía.
Pancho, el jefe de la partida, sabía, cómo todos los demás, que estaban perdidos; mas una ligera esperanza iluminó su desesperación. Se le había ocurrido una idea y la pondría en práctica. Dijo en voz baja a sus compañeros:
-Muchachos, no se me desesperen. Con la ayuda de Dios vamos a salir de ésta. Ustedes nomás me siguen la corriente; y tú, Felipe, si nos toca la suerte de que nos hagan caso, vas a preparar una buena cena; y cuando sirvas las “canelitas”, a esos bandidos se las das más “cargadas” que a nosotros.
Se incorporó como pudo y gritó:
-¡Mi capitán, quiero decirle algo! ¡Acérquese tantito por favor!
El jefe de la cuadrilla, se hacía dar el título por sus gentes; pero que se lo reconociera uno de sus víctimas, le causó una agradable sensación de orgullo que le hizo sentirse muy bien. Se puso en pie, ordenó callar a sus hombres y se acercó a los prisioneros.
-Con este frío que está haciendo, nos está llevando a todos la tiznada; y ya que nos vamos a morir, queremos que nuestra última noche no sea tan dura.
-¿Y qué?, ¡a poco quiere que los suelte!
-No, mi capitán, no es usté tan tarugo para hace eso; pero en el ejército, a todos los que van a fusilar se les concede una última voluntad; y la de nosotros es que usté se eche una copita en nuestra compañía.
¿Está usté loco? Después de que les quitamos todo y que los vamos a quebrar cuando amanezca, ¿todavía me convida a beber?
-Sí, mi capitán. Hacemos una lumbrada pa’ calentarnos todos, nos acomodamos junto a ella y nuestro cocinero Felipe, que de veras sabe su oficio, nos preparará una buena cena y unas canelitas pa calentarnos por dentro. Usté nomás mande que nos suelten las manos. De los pies… ¡ni qué hablar! Así nos quedamos amarraditos para que usté no tenga pendiente. ¿Qué le parece?
-¡Bueno!, ya sabe que como militar sé cumplir mis obligaciones; y si esa es su última voluntad, les daremos gusto.
En pocos minutos todo estaba preparado: arrieros y forajidos disfrutaban de una abundante y apetitosa cena y departían entre sí, como si fueran grandes amigos. El licor estaba haciendo su efecto.
Cuando los estómagos estuvieron satisfechos y los ánimos achispados por el vino, Pancho dijo al capitán:
-Mi capitán, yo sé que nos va a fusilar; pero créame que después de haber hablado con usté de tantas cosas, siento que de veras lo aprecio. Como hombre que soy, sé perder, y ora me tocó a mí, como otras muchas veces me tocó ganar, y yo también me echaba a los que agarraba. Ora que perdí con usté que es tan “águila”, ¡pos ni modo! Pa demostrarle que sí lo aprecio, le voy a hacer un regalo. ¿Ve este gabán que llevo puesto? Es de pura lana. Tiéntelo, es muy grueso y muy cerrado. Ni l’agua l’entra en las tormentas. Se lo voy a regalar pa que se acuerde de su amigo.
Y otra cosa, mi capitán: este gabán fue un regalo de mi madrecita, que en paz descanse.
-¡Oiga, oiga, amigo! Esto ya es mucho. Se mi’hace que lo que usté quiere es que le perdone la vida. Y esa no es mi costumbre.
-¡Sabe, mi capitán!, -lo interrumpió el arriero ignorando la afirmación del bandido, -le voy a platicar una cosa:
-Mi madre tenía un borrego prieto, muy bonito, que le daba muy buena lana. Cuando llegaba el tiempo, lo trasquilaba y guardaba la lana. Así en varios años, juntó la necesaria para mandar hacer este sarape, y me lo regaló.
El capitán palpaba el sarape y miraba para todos lados. La historia del arriero había logrado impresionarlo. Quizá lo estuviera removiendo el recuerdo lejano de una madre cariñosa.
El arriero continuó:
-Lo que le voy a proponer, no es que nos perdone la vida, sino un buen negocio… le voy a seguir contando:
-Un día llegó a mi casa, de’repente, una visita de compromiso; y como éramos pobres, no teníamos con qué darles una comida decente. No tuvo mi madre más remedio que matar el borrego y nos lo comimos muy a gusto. Y así con el borrego muerto, ya no tuvimos a quien trasquilar y no volvió a haber lana.
Todos los bandidos estaban impresionados. Pendientes de las palabras del arriero, hasta habían dejado de beber.
El capitán se puso en pie. Su primitivo cerebro captaba algo extraño en todo aquello. Se quitó el sombrero, de un jalón se metió el gabán y preguntó resueltamente:
-¿Qué es lo que quiere, amigo? ¡Hábleme claro!
-Quiero que piense un poquito en que es más negocio dejarnos ir. Ora ya nos trasquiló. Si nos mata, nunca nos volverá a agarrar; y si nos suelta… como arrieros somos y arrieros hemos de seguir, a la mejor nos agarra más pa’delante y nos da otra trasquilada… ¿Qué le parece?
-¡Ah qué caramba! Pue’ que tenga razón… y volviéndose a sus hombres, les dijo soltando una carcajada:
-¡Suelten estos cabrones y déjenlos que se vayan!
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