2012 un año decisivo para ser buenos cristianos
Estamos al inicio de un año nuevo que promete ser un año muy distinto de todos los demás. Es un año que se espera como un tiempo catastrófico para unos, pero para otros un año de esperanza que puede traer un puesto político. También es un año de incertidumbre, porque es difícil prever lo que puede pasar.
En el ámbito político queda la incertidumbre de quién tomará en sus manos la responsabilidad de gobernar a México. No se sabe qué pasará con la seguridad de las personas, si su necesidad de tranquilidad tendrá ya satisfacción, o si hay que agregar más estrés y desesperanza. ¿Cómo tranquilizar a la gente que se va creyendo de aquellas teorías del final de los tiempos para este año? O ¿cómo ayudar a tantos que escucharán y creerán o se confundirán en las promesas que se harán sobre todo al comienzo de este año, cuando las campañas electorales estarán en su apogeo? No faltan los falsos profetas que intentarán sacar ganancia de los anuncios catastróficos que, interpretando a su modo los datos que dicen conocer, engañarán a los más distraídos. Tampoco faltarán quienes, a su modo, intentarán tener ganancias ante la confusión que provoca la falta de esperanza por los engaños en los que han caído tantos en el ámbito político. Muchos se refugiarán en la apatía, otros sólo buscarán un no salir tan afectados. En fin, todo parece indicar que tenemos que vivir un año con muchas complicaciones, un año muy difícil.
Pero no me voy a olvidar de la mayoría que tiene esperanza, que sabe que de Dios sí podemos fiarnos. Esta mayoría sabe que las carencias humanas que llevan a unos a la presunción, y a otros a la arrogancia de pensar que todo lo pueden arreglar sin Dios y sin religión, no podrán prevalecer.
En este año, más que en otros, se hace necesaria e ineludible la responsabilidad de quienes profesamos la fe cristiana. Es necesario que la fe que se profesa no se encierre en los templos ni se reduzca a actos de culto. Es necesario que esa fe salga a las calles, allá donde es necesaria su presencia; esa fe hace falta en las empresas, donde se trabaja para que no sea el lucro el que determine nuestra eficacia, sino el amor a Dios y nuestros hermanos. Es necesario que salga a los mítines, para que en ellos no reine la mentira ni las falsas esperanzas de los que en ellas participan. Es necesario que salga a todas partes a iluminar y a no dejar que los políticos conserven las normas que favorecen sólo a unos y denigran a otros; para que la coherencia no sea extraordinaria en cualquier profesión u oficio, sin excluir a los pastores.
La fe que se profesa debe expresarse en la participación de cada uno de las responsabilidades que tenemos. Unos, no prometiendo que van a hacer lo que no pueden hacer, y otros participando en la elección de las mejores ideas y de las personas capaces de trabajar, no por lo que puedan ganar, sino por servir. La fe que todos estamos llamados a desempeñar en nuestra vida exige una participación activa y no pasiva en los asuntos que nos afectan a todos.
La responsabilidad implica también que no se siga fomentando ideas catastróficas que aumentan el pesimismo, no creyendo todo lo que se oye tan sólo porque lo dijeron en el radio o en otros medios. Todos debemos cultivar un espíritu crítico, orientado al progreso y no a la confusión.
Es tiempo también de empezar el año analizando cómo participar en los procesos electorales que se avecinan, sobre todo con el firme propósito de votar, pues es esa nuestra mínima responsabilidad en los asuntos de todos. En este año, la participación consciente de los cristianos comprometidos será decisiva para un auténtico progreso, no ficticio, como el que nos ofrecen algunos.
Tomado de la Revista INQUIETUD NUEVA


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