EL SENTIDO DE LA VIDA Y EL SUICIDIO

Hno. Eduardo Flores, msp

      En su mano está la vida de todo viviente (Jb 12,10). En nuestros días la humanidad ofrece un espectáculo verdaderamente alarmante; los medios de comunicación no dejan de bombardear nuestra mente de imágenes que hablan de sus excesos. A diario ocurren suicidios, lo que no sólo degrada a las personas, sino que invita a producir más atentados contra la vida.

 

     Los expertos aclaran que este problema ocurre por el llamado <conflicto de valores>. La vida y la libertad, cuando se tienen, permiten aspirar a bienes eternos; cuando, por el contrario, se pierde uno de ellos, el otro termina siendo aniquilado también, pues la relación de ambos valores es estrecha. Quien vive plenamente su vida, vive plenamente su libertad, la cual se traduce en la capacidad que se tiene para amar. Interesantemente, la palabra inglesa “freedom”, que traducimos por “libertad”, proviene de una raíz indoeuropea que significa amar.

 

     El hombre de hoy poco ama la vida, y en consecuencia, carece de una libertad que podamos llamar plena. Y sin libertad no se puede tener vida plena, de modo que el hombre sin libertad no percibe su vida como valiosa, apetecible. Las encuestas más recientes a nivel mundial estiman que, anualmente, más de un millón de personas se quitan la vida, lo que representa un 1.8% del total de los fallecimientos. Y el mayor porcentaje se da justo en diciembre. ¿No es paradójico? ¿Es que acaso en el tiempo del amor y del compartir hay más soledad? Parece que cuando el hombre prescinde de la presencia de Dios –aun sabiendo que se derrama en plenitud- no se siente amado. <Cuando el hombre se siente amado por su Creador anhela la vida como una parte del todo, porque la vida que Dios da al hombre es mucho más que un existir en el tiempo: es tender hacia la plenitud de la vida en Cristo> (Bto. Juan Pablo II, en: El Evangelio de la Vida).

 

     Y mientras el número de suicidios aumenta considerablemente, se intenta justificar este problema diciendo que hay una carencia real de valores e ideales. Incluso se habla de una presión insoportable del ambiente y de la sociedad. E. Durkheim distingue tres tiempos de suicidios: el egoísta, el altruista y el anómico. En el primero, es el individuo el que se da el <derecho de quitarse la vida>, lo que es típico de las sociedades en las que el individuo carece de integración social. En el segundo es característico de sociedades con alto grado de integración social, en las que el individuo se suicida por su sociedad, por su sentido de pertenencia a ella (Ejemplo de esto son los kamikazes). Por supuesto que este <sentido> es patológico porque la persona pierde el sentido de individualidad, no obstante, su suicidio conserva el valor de ofrecer la vida por un ideal, porque cree que otros se beneficiarán de ello. El suicidio anómico tiene lugar allá donde las normas sociales no son interiorizadas como propias por parte del individuo, y las crisis sociales, económicas y familiares, producen un desequilibrio entre sus aspiraciones y sus logros. Aquí el individuo se suicida porque no comprende que no se puede aspirar a tenerlo todo, y que hay límites dentro de los cuales hay que mantenerse.

 

     Los que sabemos que el único dueño de la vida es el Creador, y que Él es también su término y su destino final, sabemos que la vida no puede estar marcada por el egoísmo, sino por el amor. Un amor como el de Jesucristo, cuyo fin es entregar la vida a los amigos. San Justino hizo referencia a este acto diciendo: “Si nos matáramos a nosotros mismos, seríamos culpables de que no naciera alguno que ha de ser instruido en las enseñanzas divinas”. Nosotros diríamos que también seríamos culpables de matar a alguien que pueda dar sentido a la vida de muchos que no saben de Dios. Y con este conocimiento, la vida tendría un sentido, el sentido de eternidad.

 

No hay comentarios en EL SENTIDO DE LA VIDA Y EL SUICIDIO

Comentarios