LEER UN LIBRO EL “DOLOR DE CABEZA” DE LA SOCIEDAD

Hno. A. Alfredo C., msp.

 

     “Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado: un amigo que espera; olvidado: una alma que perdona; destruido: un corazón que llora” (Proverbio Hindú).

 

     Una de las invenciones más valiosas para la comunicación humana es la impresión de signos convencionales que, en pequeños o grandes volúmenes, llamamos libros. Tanto así que sólo tenemos una referencia más cercana de la historia a partir de la aparición de la escritura.

 

     Leer un libro no sólo es una opción: en la mayor parte de los casos es una necesidad, pues en sus páginas se encuentran un sinfín de tesoros que van formando la personalidad, la cosmovisión y la jerarquía de nuestros valores. ¿Qué pasa con las personas que nada quieren saber de la lectura de un libro? Simplemente se quedarán sin crecer, sin formarse una personalidad sólida; serán siempre vulnerables ante el vaivén de las corrientes ideológicas que los traerán de un lado a otro, sin otorgarles “voz ni voto” ante las situaciones de la vida. De aquí que estas personas se les compare con <los borregos>, que sólo siguen a la manada sin mirar donde pisan, hacia dónde van o sin preguntarse siquiera si hay o no otra opción que la que ha elegido dicha manada.

 

     Leer un libro tiene que ser el ejercicio de quien se prepara para triunfar en la vida. Ahora bien, es muy cierto que no todos los libros son provechosos porque también hay quienes han ensuciado sus páginas con el sinsentido, los antivalores o la confusión. Por ello, es preciso estar atentos a las lecturas que consultamos, porque, para bien o para mal, nunca seremos los mismos después  de acudir a un libro.

 

     The Online Computer (OCLC), una biblioteca virtual que está disponible en Italia, ha confeccionado una lista de los mil libros más leídos en el mundo en este inicio de siglo. Dentro de los 10 libros que encabezan este listado están: La Divina Comedia, de Dante Alighieri, y el Libro del Censo Americano. En el primer lugar continúa estando La Sagrada Biblia. La lista realizada por la biblioteca on line de este país tomó como parámetro los listados de préstamos hechos por los lectores de todo el mundo. También se encuentran entre esos primeros 10 puestos las sagas de El Señor de los Anillos, de Tolkien, y Harry Potter, de J.K. Rowling. Al menos en algunos países, La Biblia sigue estando en primer lugar de lectura; no así en México donde, aparte del bajo consumo de lectura, tenemos otros títulos en las estadísticas. Veamos la siguiente, hecha por <El Universal>, uno de los diarios capitalinos.

 

     Libros de ficción: <Morelos: morir es nada>, de Pedro Ángel Palou (Planeta); <Los 36 hombres justos: la profecía se cumple: el fin del mundo se acerca>, de Sam Bourne (Grijalbo); <La suma de los días>, se Isabel Allende (Plaza et Janes); <Cien años de soledad>, de Gabriel García Márquez (Alfaguara). Libros de no ficción: <Los cuatro acuerdos: un mundo de sabiduría tolteca>. De Miguel Ruiz (Urano); <El secreto>, de Rhonda Byrne (Urano); <El coach de negocios>, de Bradley Sugars (McGrawhill); <No temas el mal, el método Pathwork para transformar el ser interior>, de Eva Pierrakos (Pax México).

 

     En México el problema no sólo es que no leemos, sino también lo que leemos. Pues entre no leer y leer basura literaria hay poca diferencia. Las estadísticas  marcan simpatía por la ficción, la superstición y la ambición económica. De valores, educación o en la línea religiosa se consultan pocos libros en México. San Pablo solía exhortar a las comunidades primitivas a no caer en engaños o falsas enseñanzas; por el contrario, les exhortaba a acudir a las Escrituras y enseñanzas sanas, de inspiración divina, que siempre irán encaminadas al Bien (cf 1 Tm 4,1-16). Esto es lo que nos hace falta: leer las Escrituras, pues en ellas encontramos enseñanza, corrección y educación en la rectitud (cf 2 Tm 4,16); y de ahí, crearnos un espíritu crítico para consumir diferentes lecturas que, junto a la Palabra de Dios, nos den herramientas para enfrentar y contrarrestar los fenómenos antisociales entre los que vivimos. En las ciudades están ya algunos promocionales a los que vale la pena unirse: “Lee, aunque sea 20 minutos” Sólo agregaría: “cuida que esa lectura, en vez de muerte te dé vida”. Si en nutriología se dice que “somos los que comemos”, entonces, intelectualmente “somos lo que leemos”.

 

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