MIS RAZONES PARA VIVIR LA CASTIDAD

Julio González

    Toda mi vida asistí a una escuela laica, inmersa en una ciudad mediana, en Chile. Claro que era un buen establecimiento, con muchas comodidades, infraestructura y maestros académicamente brillantes. Pero algo le faltaba.

 

     Tenía alrededor de 12 años cuando empezaron a dictares jornadas de información sobre la sexualidad. Fueron varias sesiones de unas dos horas cada una, donde se explicaban las enfermedades de trasmisión sexual, métodos anticonceptivos y genitalidad en general. Esos encuentros eran bastantes descriptivos y técnicamente correctos frente a las temáticas que ahí se exponían, pero no incluían el amor. Se mencionaba, pero insisto, no se le incluía de verdad.

 

     Yo escuchaba y escuchaba, pero tenía claro que no era un problema para un chico de mi edad. Sentía que dichos encuentros eran lejanos e intrascendentes para mí, ya que no se mencionaba a Dios.

 

     Siempre asistí a la Misa con mi papá, y mi mamá se quedaba haciendo el almuerzo dominical. Ese almuerzo tenía un toque que lo hacía diferente de los otros días de la semana. A pesar de ser pecadores, la fe siempre estuvo en mi hogar.

 

     Ahora tengo 31 años, soy soltero y practico la abstinencia sexual. Nunca he tenido relaciones sexuales. Sí, tal cual. Sé que eso no me hace mejor ni peor que nadie, solamente me hace diferente a la mayoría de los varones.

 

     Hasta el momento el camino ha sido difícil, ya que las tentaciones y momentos de debilidad o dudas se dan, pero sigo firme en mi propósito gracias a la oración, a la visita al Santísimo, a la asistencia a Misa y a la cercanía a los Sacramentos.

 

     Reconozco que no soy de fierro ni de palo, pero creo tener buena voluntad para aceptar y adaptarme al plan que Dios quiere para mí. En suma, mis razones para vivir la castidad son las siguientes:

 

     Estoy convencido de que es el plan de Dios para mí y para las personas solteras. Dios instauró el matrimonio como el escenario propicio para el desarrollo de nuestra sexualidad, y Él siempre quiere lo mejor para nosotros. Quiero ser feliz en esta vida y en la otra, y ya empecé a selo, con sus matices.

 

     Evito enfermedades. Aunque los medios de comunicación dicen que los anticonceptivos son infalibles, está científicamente demostrado que fallan frente al VIH y otras enfermedades de transmisión  sexual. Quien tiene relaciones sexuales fortuitas está frente a una verdadera ruleta rusa, quizás porque no se aman así mismos como deberían.

 

     Duermo tranquilo. No sé que persona con una mentalidad centrada en la felicidad podría vivir, y dormir bien, sabiendo que tiene un hijo que se está gestando en una mujer que quizás no ama y con la que no se va a casar. ¿Qué varón criará a ese hijo?… –“Sí, pero Ricardo quiere mucho a Juanito, es un hijo más para él”, dirá alguno por ahí.- Mmm, tengo mis dudas de aquello. La sangre tira y cuando no la hay, las cosas se pueden complicar.

 

    Experimento la verdad. No vivo en una escala de mentiras. El inicio de la sexualidad trae consigo una escala de mentiras frente a los padres y la sociedad. Nadie dice, cuando le preguntan sobre el lugar que frecuenta y sobre las cosas que va hacer, luego de ir a una discoteca o a una visita. Las mentiras empiezan a gestarse una tras otra. Muchas veces los padres intuyen la verdad, pero callan, y así se genera cierta complicidad. Y lo peor: se pierde la confianza.

 

     Vivo en Paz. La sexualidad no me pone en una tensión psicológica. Generalmente el inicio de las relaciones sexuales marcan un antes y un después. De no estar acompañadas del verdadero amor, se corren riesgos de quedar marcado por experiencias que deforman el amor y alejan la sexualidad de su verdadero sentido. Se corre el riesgo de esclavizarse al sexo como a una droga, y que el cuerpo pida más y más. Luego se piensa que, entre más parejas se tengan, es mejor. Esto va minando la autoestima y la confianza en uno mismo.

 

     Vivo con esperanzas e ilusiones. Al iniciarse la actividad sexual temprana y ajena al amor, se pierde toda ilusión ante a un hermoso futuro frente a la pareja de tu vida. Ni hablar de conocer a una linda chica y soñar con un lindo proyecto de vida, un porvenir hasta que la muerte nos separe. No hablar del sueño de una hermosa luna de miel y de los maravillosos primeros años de casados. Yo tengo esperanzas de conocer a una linda chica y hacerla muy feliz, protegerla y darle lo mejor de mí mismo.

 

     Yo sé que en la actualidad es difícil que un hombre se guarde para el matrimonio. Es quizás hasta mal visto. “Es riesgoso –dirá alguno- pues el hombre requiere experiencia para satisfacer a su futura esposa.” Olvidan que Dios puso idénticas condiciones para el hombre y la mujer: en el plan divino no hay dos morales, y la actividad sexual es sólo para las personas casadas. Yo soy feliz, hago una vida absolutamente normal, y estoy en busca de una buena mujer para formar una familia. Me encomiendo a San José, padre y esposo perfecto, y a María, madre y esposa perfecta, para que me ayuden a encontrarla y a reconocerla cuando llegue el momento. Escribo este testimonio…, por si sirve al menos a una persona, ya que yo no suelo abrir mi alma tan fácilmente.

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