TODO EMPEZÓ CON LA PREDICACIÓN

P. Moisés Vivar M., msp

      Una de las principales preocupaciones de la obra evangelizadora es encontrar la forma en la que el Evangelio de Jesús se abra espacio en la sociedad, para que sea aceptado.

 

     Mirando atentamente los relatos evangélicos, podemos notar que la obra pública de Jesús inició con la predicación de la llegada del reino de Dios y su mensaje. Inclusive, notamos que a la predicación de Jesús antecedió la predicación de Juan Bautista. Y, tal ves, tendríamos que decir que el mismo Jesús comprendió que el signo de que era el momento de iniciar su obra fue la predicación del Bautista; ella era la señal dada por el Padre de que había llegado la hora.

     Los Evangelios registran que Juan Bautista anunció la llegada del Reino e invitaba a volverse a Dios (Marcos 1, 4). En el marco de ese anuncio, llamaba a una conversión de vida que debía darse en los actos cotidianos de la vida: “Pórtense de tal modo que se vea que se han vuelto al Señor” (Lucas 3, 8). De manera que exhortaba a todos a vivir una serie de valores apoyados en la fe (Lucas 3, 11-14). La predicación del Bautista despertó una fuerte expectación (Lucas 3,15). Después, es Jesús –según testifican los evangelios- quien inicia la predicación. Él lo hará siguiendo a Juan Bautista, intensificando más todavía la expectación de la gente (Marcos 1,15; Lucas 4,14, 22).

     Pero no podemos dejar pasar de largo el hecho de que a la predicación de Juan se unía el acto del bautismo. Jesús se sometió a Él y pudo comprobar que, en efecto, su Padre Dios le invitaba a iniciar su obra evangelizadora (Marcos 1,9-11). Si bien es cierto el Bautismo de Jesús no es el equivalente del de Juan, sí es cierto que Jesús lo pedirá a los que acepten su mensaje para que reciban y renazcan a la vida (Juan 3,5). De ahí la importancia del Bautismo en la vida cristiana.

 

     Estas consideraciones nos permiten decir que, si el gran acontecimiento <Jesús> empezó con la predicación y el Bautismo, hoy no será diferente de aquel tiempo. Predicación y Bautismo son elementos capitales del arranque en la obra evangelizadora.

 

     Por una parte, predicar la Palabra y el Reino será el primer paso que haya que dar. Como Juan, el Bautista y como Jesús, deben surgir predicadores convencidos y entusiastas de la realidad salvadora de Jesús. Estos predicadores tienen que estar formados en la fe, pero no solamente teórica, sino, sobre todo, en la vivencia de una experiencia que les habla de Dios y en la que les habla Dios. Ante todo, el obispo y el presbítero, junto con el diácono, serán los predicadores por excelencia. Pero no sólo ellos, la Iglesia tiene que fomentar el servicio profético de la predicación entre los fieles laicos, los cuales tienen grandes posibilidades de hacerlo, además de tener el deber como cristianos.

 

     Cuanto más se predique la Palabra, más posibilidades habrá de que Dios actúe entre los hombres y el Reino será una realidad cada vez más notoria. Predicar en el Espíritu de Jesús alimentará la expectativa de la fe y hará que las personas se dispongan mejor a escucharla (Lucas 4, 31-32).

 

     En lo que toca al Bautismo, es prioritario que éste no se limite a un rito y requisito que se debe cumplir. El Bautismo tiene que ser entendido por los fieles cristianos como una consagración a Dios y el compromiso de vivir en el estilo de vida típicamente cristiano. Los evangelios nos presentan a Jesús recibiendo el Bautismo que lo consagra a la misión y le concede ser testificado por el Padre como su hijo. Así nuestro Bautismo toma su sentido del Bautismo de Jesús.

 

     La catequesis cristiana y la atención pastoral de los fieles tienen que privilegiar la formación cristiana, que consiste en ayudar a vivir la fe al estilo de Jesús, con el espíritu del Evangelio, el cual tiene que hacerse notar en la vida cotidiana. Entonces, gracias a la vivencia del Bautismo es como se logrará encarnar el Evangelio y se logrará que éste fermente la masa de la sociedad.

 

     Es, por tanto, a través de la predicación y del Bautismo como el gran acontecimiento  <Jesús> dará inicio en la sociedad y estará manifestándose la salvación traída por Cristo. Hacerlos vivos y vivificantes –a la predicación y al Bautismo- es el compromiso del cristianismo hoy, pues de esto depende, en gran medida, que la Iglesia se mantenga unida a su Señor y con una vitalidad siempre nueva.

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