¿CÓMO PARA IR A MISA?

P. Daniel Escobar G., msp

 

     Algunos católicos se molestan por el hecho de que a veces se corrija su manera de vestir cuando asisten a la iglesia. Sobre todo en la celebraciones como las bodas, los quince años, los bautizos y la primera Comunión. Alguien pensará que no es importante para Dios lo que se lleva por fuera, sino lo que es uno por dentro. Es verdad, hasta cierto punto importa sólo lo interior, que es lo que Dios ve. Cuando se pide a las personas que vistan de una determinada manera cuando van a Misa no quiere decir que la preocupación es sólo por su aspecto exterior.

 

    A la luz de la palabra de Dios tenemos que caer en la cuenta del significado que tiene el lugar sagrado. Tener conciencia de que no es cualquier lugar, debería hacernos pensar en unos criterios que iluminen la manera de vestir cuando vamos a Misa. Uno más importantes criterios debe ser el amor y respeto a Dios y a los demás.

 

    La carta de Santiago 2,2-4, dice: Supongamos que ustedes están reunidos y llega un rico con anillo de oro y ropa lujosa, y lo atienden bien y le dicen: “Siéntate aquí, en un buen lugar”, y al mismo tiempo llega un pobre, vestido con ropa vieja, y a este le dicen: “Tú quédate allá, de pie, o siéntate en el suelo”; entonces están haciendo discriminaciones y juzgando con mala intención>. Como vemos, la palabra de Dios reprueba que se haga este tipo de distinciones entre ricos y pobres. En este caso no se dice que los cristianos deben ir vestidos de forma irrespetuosa al lugar de la reunión, sino que, si verdaderamente queremos ser sinceros con nosotros mismos, no debemos juzgar a nadie en nuestras reuniones. Se invita a que nuestra vestimenta sea la caridad para con los demás. Esta <vestimenta> se refleja también en nuestra forma externa de vestir, con la que manifestamos respeto y amor sincero a los que se reúnen en la iglesia.

 

     Otro criterio que puede ayudar es el de situar el lugar al que acudimos, teniendo un sentido común que instruya. <Quienes instruyen a muchos para que sean justos, brillarán como estrellas en el firmamento> (Dn 12,3b). El que se pida a alguien que se ponga un traje propio y adecuado para estar en la Misa no debe verse como una ofensa, al contrario; es una instrucción sabia, porque es lo propio para presentarse ante Aquél a quien amamos: Dios. Y tratamos de mostrar esa reverencia hasta en estos detalles que aparentemente sólo son externos.

 

     Lo externo muestra en parte lo que somos internamente. Así, Jesús afirma: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12,34). Es verdad que un hombre puede decir lo correcto teniendo un corazón malo; pero un hombre que tenga un corazón bueno nunca dirá mentiras ni las manifestará en su actitud externa.

 

     Otro criterio es nuestro deber de mostrar el buen ejemplo de lo que profesamos. Sabiamente se dice: <Las palabras convencen, pero el testimonio arrastra>. Pablo insiste a Timoteo en que sus acciones sean coherentes a su conocimiento, es decir, que en su comportamiento sea un ejemplo digno de imitar. Nosotros también debemos dar ejemplo más que con palabras, con hechos. Debemos provocar que la gente, al vernos actuar, sienta el deseo de imitarnos. <Por sus acciones se conoce si un joven se conduce con rectitud> (Pr 20,11). <Si entre ustedes hay algún sabio y entendido, que lo demuestre con su buena conducta> (St 3, 13) <Dales tú mismo ejemplo de cómo hacer el bien…> (Tt 2,7ª).

 

     La buena presentación en el vestir de alguna forma manifiesta lo que queremos ofrecer profundamente a Dios: <Que su adorno sean las buenas obras> (1 Tm 2,10). Esta expresión se refiere a las mujeres que quieren honrar a Dios, pero lo podemos pedir a todo hombre que conoce a Dios, y que lo menos que puede hacer es tener una actitud cristiana edificante. Porque ciertas normas ayudan a mantener una disciplina para la edificación de una comunidad, como lo es el cuidado de nuestro vestir.

 

“Porque yo les he dado un ejemplo,

para que ustedes hagan lo mismo

que yo les he hecho”

(Juan 13,15).

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