EL MÁRTIR DE SAHUAYO
A las cinco de la tarde, en el Estadio Jalisco el domingo 20 de noviembre del 2005, festividad de Jesucristo Rey del Universo, fue declarado Beato por el Cardenal Prefecto de las Causas de los Santos, Emmo. Sr. Cardenal D. José Saraiva Martins.
Sr. Pbro. José de Jesús Gálvez Amezcua
Tomado de HACIA LOS ALTARES
Familia Sánchez del Río
Nació en Sahuayo, Michoacán, el 28 de Marzo de 1913. Hijo de Macario Sánchez Sánchez y de María del Río Arteaga, quienes procrearon siete hijos: María Concepción, Macario, María Luisa, Guillermo, Miguel, José y Cecilia. Fue bautizado seis días después de su nacimiento en la Parroquia de Santiago Apóstol por el Sr. Pbro. D. Luis Amezcua Calleja.
Hizo sus estudios en el colegio del pueblo. Como todos los niños de su tiempo, jugaba a las canicas, a los trompos, asistía a la Iglesia acompañado de sus padres; llegaba al colegio dispuesto a aprender todo lo que los maestros le enseñaran.
Era de pelo negro, piel blanca, fuerte, sano, de carácter agradable, travieso, obediente con sus padres, buen estudiante, amable con sus amigos. Rezaba el Rosario diariamente, asistía a Misa todos los domingos, cada día 21 del mes asistía al templo del sagrado Corazón, a celebrar a San Luis Gonzaga y a recibir la Sagrada Comunión, muy devoto de la Santísima Virgen de Guadalupe, asistía al Catecismo.
Según su edad, cooperaba en el trabajo del hogar, iba a la casa vecina y sacaba el agua del pozo para las necesidades de la casa y, a veces, también se entretenía jugando con la soga que servía para sacar el agua.
Tiempos difíciles
El 31 de julio de 1926 se decretó la suspensión del Culto Público. José tenía 13 años y 5 meses. Sus hermanos, Macario y Guillermo, decidieron ayudar a sus padres, y Miguel, hermano mayor de José, decidió, junto con otros amigos, Adán y Guillermo Gálvez, tomar las armas para defender a su Cristo y a su Iglesia.
José, viendo el valor de su hermano, pidió permiso a sus padres para alistarse como soldado. Su madre trató de disuadirlo pues, por sus pocos años, más bien iba a estorbar que ayudar. Cuando escuchó el argumento de su madre, José le dijo: “Mamá, nunca había sido tan fácil ganarse el Cielo como ahora, y no quiero perder la ocasión”. Su madre le dio permiso, pero le pidió que le escribiera al jefe de los Cristeros de Michoacán, Don Prudencio Mendoza, para ver si lo admitía. José escribió al jefe Cristero y la respuesta fue negativa. Era muy pequeño. Le daba las gracias por sus buenas intenciones.
No se desanimó y volvió a escribir pidiéndole que le admitiera, “si no como soldado activo, sí como un asistente, al fin que no daría problemas y podría ayudar cuidando los caballos, quitando las espuelas a los soldados y hasta preparando comida, pues -sabía cocer y freír frijoles-”. Don Prudencio reconoció la grandeza del muchacho y le contestó diciendo: “Si tu madre te da permiso, acepto”. Con la bendición de su madre, partió para los campamentos de Mendoza.
En ese campamento se ganó el cariño de sus compañeros que le apodaron “Tarcisio”. Su alegría endulzaba los momentos tristes de los Cristeros y todos admiraban su gallardía y su valor, tanto los jefes como los compañeros. Por la noche dirigía el Santo Rosario y animaba a la tropa a defender su fe diciéndoles: “Hoy es fácil alcanzar el cielo”. Y entonaba el canto: “al cielo, al cielo, al cielo quiero ir”.
Una tarde el general lo premió diciéndole: “Prepárate, porque te van ha enseñar los toques del clarín”. Desde ese día, uno de la tropa le dio lecciones de toque del clarín, y muy pronto fue el clarín oficial. Por su buen comportamiento, el general lo designó para que en los combates portara la bandera, así recibió un doble premio y ya era importante en el batallón.
Prisión.
El 5 de febrero de 1928, al año y cinco meses de estar con los Cristeros, participó en un combate, cerca de Cotija, Mich. Luego de varias horas de lucha, el caballo del general cayó muerto de un balazo. Al darse cuenta, José bajó de su montura con agilidad y le dijo: “Mi general, aquí está mi caballo, sálvese usted, aunque a mi me maten. Yo no hago falta y usted sí”. Entregó su caballo, pidió un fusil y parque, y combatió con bravura. Al acabársele las balas, viéndose sin municiones, arrojó el arma sobre el enemigo, para ver si descalabraba, como él dijo: “Algún demonio”. Fue hecho prisionero y llevado ante el general callista, quien lo reprendió por combatir contra el gobierno, a lo que contestó José: “me aprendieron porque se me acabó el parque, pero no me he rendido”.
El general, al ver su decisión y arrojo, le dijo: eres un valiente, muchacho. Vente con nosotros y te irá mejor que con esos Cristeros”. “!Jamás, jamás!, ¡Primero muerto!, ¡Yo no quiero unirme con los enemigos de Cristo Rey!, ¡Yo soy su enemigo!, ¡Fusíleme!”.
El general lo mandó encerrar en la cárcel de Cotija, en un calabozo oscuro y maloliente. José pidió tinta y papel, y le escribió una carta a su madre. He aquí el texto:
Cotija, 6 de febrero de 1928.
Mi querida mamá:
Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes diles a mis dos hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano el más chico. Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor, y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez. Y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba.
José Sánchez del Río”.
Juntamente con José fue aprendido un joven llamado Lázaro Ambos fueron trasladados de Cotija a Sahuayo. Con los brazos amarrados los metieron a la Parroquia, que el diputado, Rafael Picazo Sánchez había convertido en caballeriza y gallinero, donde albergaba sus gallos de pelea y donde tenía también frecuentes orgías sacrílegas.
Esto le causó a José profunda tristeza. Esa misma noche luchó por deshacerse de sus ligaduras y una vez libre de ellas, se dedicó a matar los gallos del diputado. Después se recostó en un rincón y se durmió tranquilamente.
Al día siguiente, al saber lo que había sucedido, Rafael Picazo Sánchez se presentó iracundo y, enfrentándose a José, le dijo: “¿Qué haz hecho, José? “La casa de Dios es para venir a orar; no para refugio de animales”, le contestó el niño. Picazo lo amenazó y José le dijo con decisión: “Desde que tomé las armas estoy dispuesto a todo, ¡Fusíleme!”.
Poco después sus familiares le llevaron el almuerzo. Lázaro no quiso comer, pero José lo animó diciéndole: “vamos comiendo bien nos van a dar tiempo para todo y luego nos fusilarán. No te hagas para atrás. Nuestras penas duran mientras cerramos los ojos”.
Por la tarde sacaron a Lázaro para ahorcarlo y José fue obligado a estar junto al árbol de la ejecución. Colgaron a Lázaro y un cuarto de hora después, creyéndolo muerto, lo bajaron y lo arrastraron al cementerio, donde lo abandonaron. Pero Lázaro se reanimó y huyó trabajosamente.
Mientras tanto el papá de José quiso rescatarlo con dinero. El diputado Rafael Picazo Sánchez le pidió cinco mil pesos, pero el afligido padre no reunía tan enorme suma, así que le ofreció su casa, muebles y cuanto tenía. Picazo vociferó entonces, que de todos modos, con dinero o sin dinero “en las barbas de su padre lo mandaría matar”. Al saberlo José, pidió que no pagara por él ni un solo centavo.
Llevado de los ardientes deseos que tenía de que llegara el momento de derramar su sangre por Cristo, se acercó a los soldados y les dijo: “¡Mátenme!”. Y como si temiera que para ellos fuera un obstáculo el verlo de frente, les vuelve la espalda para que le disparen.
El martirio
El viernes 10 de febrero de 1928, como a las seis de la tarde, lo sacaron del templo y lo llevaron al cuartel del Refugio, que antes era mesón. Al saber la cercanía de su muerte, consiguió papel y le escribió a una de sus tías, hermana de su papá, la siguiente carta:
Sra. María Sánchez de Olmedo.
Muy querida tía:
“Estoy sentenciado a muerte. A las ocho y media (de la noche) llegará el momento que tanto he deseado. Te doy las gracias de todos los favores que me hiciste tú y Magdalena. No me encuentro capaz de escribir a mi mamá. Tú si me haces el favor escribe también a María S. Dile a Magdalena que conseguí con el teniente me permitiera verla por último, (para que le llevara la Sagrada Comunión) yo creo que no se negará a venir.
Salúdame a todos y tú recibe, como siempre y por último el corazón de tu sobrino que mucho te quiere y verte desea.
¡Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera! ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!
José Sánchez del Río, que murió en defensa de su fe.
No dejen de venir.
Adiós”.
A las once de la noche llegó la hora suprema. Le desollaron los pies con un cuchillo, lo sacaron del mesón y lo hicieron caminar a golpes hasta el cementerio. Los verdugos querían hacerlo apostatar a fuerza de crueldad, pero no lo lograron. Dios le dio fortaleza para caminar, gritando vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe.
Ya en el panteón, preguntó cuál era su sepultura, y con un rasgo admirable de heroísmo, se puso de pie al borde de la propia fosa, para evitar a los verdugos el trabajo de transportar su cuerpo. Acto seguido, los esbirros se abalanzaron sobre él y comenzaron a apuñalarlo. A cada puñalada gritaba de nuevo. “¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”. En medio del tormento, el capitán jefe de la escolta le preguntó al mártir, no por compasión, sino por crueldad, qué les mandaba decir a sus padres, a lo que respondió José: “Que nos vemos en el cielo. ¡Viva Cristo rey!, ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”. Mientras salían de su boca estas exclamaciones, el capitán le disparó a la cabeza, el niño cayó dentro de su tumba, bañado en sangre, y su alma volaba al Cielo.
Era el 10 de febrero de 1928.
La conmoción de los católicos de Sahuayo fue tal, que el cementerio estuvo todo el día custodiado por los soldados, pues todos querían recoger sangre del mártir. Sin ataúd y sin mortaja recibió directamente las paladas de la tierra y su cuerpo quedó sepultado, hasta que años después sus restos fueron inhumados en las catacumbas del templo Expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús.
Actualmente sus reliquias (restos) reposan en el templo parroquia de Santiago Apóstol en Sahuayo, Michoacán.


¡Muy, muy buena pagina, ee que es magnífica la historia!
Ana Maria del Carmen Ruiz de Alba
02.20.2012